EW. Madrid. 16 de abril de 2008.
En ese tiempo la calle Warnes, en el barrio de Villa Crespo, tenía las dos direcciones. Esos ciento y pico de metros a izquierda y derecha del umbral de mi casa alquilada por siempre y desde siempre eran casi todo mi mundo exterior. Amigos y enemigos habitaban o transitaban esos metros a los cuales llegaba el ruido del tranvía 89 y la tos de fumador irredimible de mi padre a la vuelta del trabajo o el café.
De derecha a izquierda venían las carrozas tiradas por caballos azabaches de camino al cementerio de la Chacarita, interrumpiéndolo todo con su ruido de ruedas y herraduras sobre el adoquinado. Los chicos cristianos, esos que me habían dicho una vez que yo había matado a cristo, se persignaban. Yo los miraba persignarse. El número de carrozas y las esculturas donde iba el cajón definían el status del muerto. Un cajón blanco y chiquito con angelitos al costado era la señal de un muerto prematuro. Al llegar a la esquina las carrozas giraban por la calle Muñecas y después de un momento desaparecían permitiéndole a mi cuadra retomar su tortuoso gusto por vivir.
De izquierda a derecha los días de lluvia y mini-inundación el agua corría cubriendo todo, rebalsando el cordón, mojando la vereda hasta el umbral. Ahora que lo pienso era una indicación de que aun la pampa plana y eterna, sobre la cual Warnes fue construida en algún pasado ajeno, tenía un declive que obligaba a un río temporario a producir olas grandes para la dimensión de nuestros barquitos de papel, que se alejaban para no volver y terminar en la alcantarilla de la otra esquina.
Más de medio siglo después entraría por fin a la Chacarita, al entierro de una mujer que apenas conocía, en un día resplandeciente. La pusieron en un nicho numerado de la tercera fila, cuarta columna, como quién deposita algo en una caja de seguridad cuya única garantía es estar cerrada.
En algún otro tiempo lejano me subí a uno de esos barquitos y me fui de izquierda a derecha a hacer mi vida, como si no hubiera ya estado hecha. Evité con cuidado la alcantarilla y me cercioré de que lloviera suficiente para que mi viaje no cambiara de sentido.
Me cuenta un amigo que hoy Warnes tiene una sola mano, se olvida de decirme hacia donde va, aunque en nuestro silencio lo sabemos.
De todas maneras uno de estos días voy por ahí, creo que el umbral no está, pero supongo que nadie se enojaría si me apoyo en la pared, cerca de donde estaba, y espero, espero, a ver, sin persignarme, hacia donde va el tráfico.
martes, 29 de abril de 2008
La llamada
Eduardo Waisman. Madrid, 8 de Abril de 2008
El teléfono sonó con vehemencia. En un solo movimiento miré el reloj y contesté la llamada. Eran las dos y veinte de la mañana. No me asusté mucho, estaba demasiado dormido y todavía en la neblina del sueño que ya no recordaba. Una voz que conocía de algún lado me decía en español:
-Eduardo, sos vos, te habla Julio
-Julio, ¿qué Julio?
-Julio Cortazar
No atiné a contestar, se hizo un silencio,
-Si habla Eduardo, ¿me hablás de París?
- No, desde que estoy muerto siempre en Buenos Aires, lo de París fue como lo del tango, para poder hacerme conocer
- ¿Te puedo llamar Julio?
- Si dale pibe, después de todo yo te traté directamente por tu nombre
-Bueno, es diferente, yo soy un físico menor de Buenos Aires que vive en Madrid y un ínfimo tallerista de escritura creativa que trata de no plagiar de forma abierta a los tipos como vos, los que de verdad escriben, ché
- De paso te digo Julio que estuve re-leyendo tu novela “Los Premios”, no que sea importante para vos, ya que la deben haber leído muchos millones mas de paparulos como yo
- Escuchame Eduardo, te llamo porque me enteré por Graciela que no leíste “Rayuela” y desde ayer me anda molestando esta omisión imperdonable, no que cambie mucho el destino de la humanidad si lo leés o no, pero viejo, ¿cómo puede ser?
- Mirá Julio, cada vez entiendo menos, ¿cómo puede ser importante para vos, famoso, muerto y todo, si yo leí tu “Rayuela”?, tendría que ser tan insignificante como una paja más en un quilombo
A esta altura mis pulsaciones debían estar al nivel de partido de futbol jugado con ganas. A lo que se agregaba una mezcla de extrañeza y familiaridad que no entendía. La pronunciación de las erres y la voz, que ahora recordaba había escuchado 35 años atrás en un reportaje de televisión a Cortazar no admitía duda. Pero, no podía ser, ¿estaría yo ya muerto y en el purgatorio de los malos lectores que se empeñan en escribir algunas líneas por si por puta casualidad eso los transformara en escritores?
La voz en el teléfono me volvió a la conversación
-No importa porqué, tenés que leerlo, es un “must do”
-Che pero porqué encima de todo me lo chamuyás en inglés, se que es un “must do”. Lo tengo en casa y miro la tapa, lo hojeó, leo dos líneas y lo dejo, hace ya de esto unos 40 años. ¿Pero podrías perdonarme, no? Leí “Los Premios” dos veces. No concibo como un libro ya publicado pudo cambiar tanto en estos años. ¿Vos hablaste con alguien para que me lo cambiara y me hiciera sentir como un boludo con Alzheimer?
-Yo no hablé con nadie, ¿estás seguro que leíste mi libro “Los Premios” las dos veces de la que hablás?
- No, no estoy seguro de nada. Dejame contarte, ya que te tengo en el teléfono y dios sabe si volveremos a hablar, que tu libro, o tus dos libros, es decir el de antes y el de ahora, fueron muy importante para mí. Y ya que conocés a Graciela, debés conocer a Marieta. Este hecho debería ser suficiente para que Marieta lo lea. Digo esto aplicando el carácter transitivo de la importancia literaria: si un libro es importante para mí, y yo soy importante de alguna forma para Marieta, el libro debería ser importante para ella.
- No, no me contestes Julio, ya se que estoy divagando. ¿Pero que querés que te diga a estas horas? Muchas veces soñé con la idea de sentarme a tomar vino con vos, sin soda, sabés, aunque vos creo que una vez dijiste, quizá para hacerte el piola, que “el problema del vino francés es que no se corta bien con soda”, o algo así. No se que te hubiera dicho, sobre todo si empezabas con tus erudiciones incomprensibles al estilo Persio, tu personaje, ¿o es al revés?, ¿Persio es el autor y vos sos su personaje?
-Bueno dejate de pavadas Eduardo, se está haciendo tarde, sobre todo para vos porqué yo estoy en hora Buenos Aires, y contame porqué “mis dos libros Los Premios” fueron tan importantes para vos, puede que si tu historia es buena te perdone, o te deje a vos que te perdones, por lo de “Rayuela”
- Mirá Julio, el primer libro lo leí hace ya más de treinta años. Creí que era una alegoría de la Argentina y no le di mucha bola a tus personajes. Para mi fue una corroboración de que nuestro país era un absurdo a la deriva gobernado por chantas autocráticos escondidos en reglas oscuras, amparados por la estupidez de la mayoría. En el segundo libro, que terminé hace una semana, me vi en más de uno de tus personajes. Especialmente en el tránsito desde venir de la mersada, como el Pelusa, y tratar de ser como, digamos, Medrano. Para ser Persio no me da. Me vi en tu libro cruzando en edad y clase sin nunca salir de la tribu, unida por el absurdo de un acuerdo lingüístico y algunos tangos, y quizás, y no lo digo para que me perdonés, algunos libros como los tuyos, que hacen que no seamos solo un montón de vacas rodeadas de gente vociferante y de mal gusto.
- Bueno te voy a colgar. Tengo muchos otros llamados para hacer. Un saludo a los de tu taller
-Chau Julio
Chau Julio, chau Julio, estas dos palabras rebotaron y rebotaron en el dormitorio. Eran ya las 3 de la mañana hora Madrid, apenas las 10 de la noche en Buenos Aires, donde hace ya 30 años que no vivo. Julio estaría buscando una pizzería para cenar, me dormí de vuelta con la promesa de siempre: “mañana empiezo Rayuela”
El teléfono sonó con vehemencia. En un solo movimiento miré el reloj y contesté la llamada. Eran las dos y veinte de la mañana. No me asusté mucho, estaba demasiado dormido y todavía en la neblina del sueño que ya no recordaba. Una voz que conocía de algún lado me decía en español:
-Eduardo, sos vos, te habla Julio
-Julio, ¿qué Julio?
-Julio Cortazar
No atiné a contestar, se hizo un silencio,
-Si habla Eduardo, ¿me hablás de París?
- No, desde que estoy muerto siempre en Buenos Aires, lo de París fue como lo del tango, para poder hacerme conocer
- ¿Te puedo llamar Julio?
- Si dale pibe, después de todo yo te traté directamente por tu nombre
-Bueno, es diferente, yo soy un físico menor de Buenos Aires que vive en Madrid y un ínfimo tallerista de escritura creativa que trata de no plagiar de forma abierta a los tipos como vos, los que de verdad escriben, ché
- De paso te digo Julio que estuve re-leyendo tu novela “Los Premios”, no que sea importante para vos, ya que la deben haber leído muchos millones mas de paparulos como yo
- Escuchame Eduardo, te llamo porque me enteré por Graciela que no leíste “Rayuela” y desde ayer me anda molestando esta omisión imperdonable, no que cambie mucho el destino de la humanidad si lo leés o no, pero viejo, ¿cómo puede ser?
- Mirá Julio, cada vez entiendo menos, ¿cómo puede ser importante para vos, famoso, muerto y todo, si yo leí tu “Rayuela”?, tendría que ser tan insignificante como una paja más en un quilombo
A esta altura mis pulsaciones debían estar al nivel de partido de futbol jugado con ganas. A lo que se agregaba una mezcla de extrañeza y familiaridad que no entendía. La pronunciación de las erres y la voz, que ahora recordaba había escuchado 35 años atrás en un reportaje de televisión a Cortazar no admitía duda. Pero, no podía ser, ¿estaría yo ya muerto y en el purgatorio de los malos lectores que se empeñan en escribir algunas líneas por si por puta casualidad eso los transformara en escritores?
La voz en el teléfono me volvió a la conversación
-No importa porqué, tenés que leerlo, es un “must do”
-Che pero porqué encima de todo me lo chamuyás en inglés, se que es un “must do”. Lo tengo en casa y miro la tapa, lo hojeó, leo dos líneas y lo dejo, hace ya de esto unos 40 años. ¿Pero podrías perdonarme, no? Leí “Los Premios” dos veces. No concibo como un libro ya publicado pudo cambiar tanto en estos años. ¿Vos hablaste con alguien para que me lo cambiara y me hiciera sentir como un boludo con Alzheimer?
-Yo no hablé con nadie, ¿estás seguro que leíste mi libro “Los Premios” las dos veces de la que hablás?
- No, no estoy seguro de nada. Dejame contarte, ya que te tengo en el teléfono y dios sabe si volveremos a hablar, que tu libro, o tus dos libros, es decir el de antes y el de ahora, fueron muy importante para mí. Y ya que conocés a Graciela, debés conocer a Marieta. Este hecho debería ser suficiente para que Marieta lo lea. Digo esto aplicando el carácter transitivo de la importancia literaria: si un libro es importante para mí, y yo soy importante de alguna forma para Marieta, el libro debería ser importante para ella.
- No, no me contestes Julio, ya se que estoy divagando. ¿Pero que querés que te diga a estas horas? Muchas veces soñé con la idea de sentarme a tomar vino con vos, sin soda, sabés, aunque vos creo que una vez dijiste, quizá para hacerte el piola, que “el problema del vino francés es que no se corta bien con soda”, o algo así. No se que te hubiera dicho, sobre todo si empezabas con tus erudiciones incomprensibles al estilo Persio, tu personaje, ¿o es al revés?, ¿Persio es el autor y vos sos su personaje?
-Bueno dejate de pavadas Eduardo, se está haciendo tarde, sobre todo para vos porqué yo estoy en hora Buenos Aires, y contame porqué “mis dos libros Los Premios” fueron tan importantes para vos, puede que si tu historia es buena te perdone, o te deje a vos que te perdones, por lo de “Rayuela”
- Mirá Julio, el primer libro lo leí hace ya más de treinta años. Creí que era una alegoría de la Argentina y no le di mucha bola a tus personajes. Para mi fue una corroboración de que nuestro país era un absurdo a la deriva gobernado por chantas autocráticos escondidos en reglas oscuras, amparados por la estupidez de la mayoría. En el segundo libro, que terminé hace una semana, me vi en más de uno de tus personajes. Especialmente en el tránsito desde venir de la mersada, como el Pelusa, y tratar de ser como, digamos, Medrano. Para ser Persio no me da. Me vi en tu libro cruzando en edad y clase sin nunca salir de la tribu, unida por el absurdo de un acuerdo lingüístico y algunos tangos, y quizás, y no lo digo para que me perdonés, algunos libros como los tuyos, que hacen que no seamos solo un montón de vacas rodeadas de gente vociferante y de mal gusto.
- Bueno te voy a colgar. Tengo muchos otros llamados para hacer. Un saludo a los de tu taller
-Chau Julio
Chau Julio, chau Julio, estas dos palabras rebotaron y rebotaron en el dormitorio. Eran ya las 3 de la mañana hora Madrid, apenas las 10 de la noche en Buenos Aires, donde hace ya 30 años que no vivo. Julio estaría buscando una pizzería para cenar, me dormí de vuelta con la promesa de siempre: “mañana empiezo Rayuela”
Silvia no existe
Eduardo Waisman. Madrid, 20 de Febrero de 2008.
De “Países y mujeres”:
Introducción
“Youth is wasted on the young” Atribuido a George Bernard Shaw
Esto que narro se que es verdad porqué me lo contó Gabriela que nunca miente y todo recuerda. Gabriela conoció a Ana en un taller semitrasnochado de aprender a escribir literatura y esas cosas. Desde el primer instante le produjo inquietud. Esa inquietud que producen las personas que tienen un aspecto común pero que uno siempre sabe que hay detrás de ellas historias, complicaciones inexplicables. Ana era joven de pelo castaño hasta los hombros, una típica mujer española moderna, delgada, vestida con elegancia sencilla, de altura mediana para su generación. Su voz era agradable y cuando leía se le entendía perfectamente lo que decía, aunque no tanto que quería decir. Sexóloga y psicóloga de profesión. Me cuenta Gabriela, que siendo ella de Paraná, casi de Buenos Aires diría yo, está siempre interesada en la psicología y el sexo, o mejor dicho en el sexo y la psicología, que una vez, a la salida del taller le preguntó a Ana, con temor y un poco de vergüenza como era eso de ser sexóloga, a lo cual Ana le contestó otra cosa, le dijo que el sexo para una sexóloga era como para un cantinero tomar cerveza. Servir la cerveza es una cosa, beberla es otra.
Todo transcurrió así por unos dos años, Gabriela ya casi estaba acostumbrada a Ana, la inquietud se despertaba en cuanto la veía llegar, siempre un tanto tarde a las reuniones, pero se apagaba, necesidades de convivir diría uno.
Esto hasta que Ana ese día leyó ese relato: “Silvia no existe”. El jueves anterior ambas se habían quedado hasta las cuatro de la mañana con el grupo, obsesionado en emborracharse, quizás porque todos habían leído Los Detectives Salvajes de Bolaño, o quizás porque les gustaba emborracharse, como va a saber uno porqué. Nada en el comportamiento de Ana ese jueves de resaca anticipada anunciaba el relato. Nada. Comenzaba: “Cruzaba el bosque, por así llamar esos cuantos chopos raleados, partida de dolor……”. Gabriela cuenta que un frío oscuro la recorrió, vio a Ana, sumida en la lectura que no la miraba, la voz era la de siempre, no reflejaba cambios. Pero lo que decía venía de otro lado. Escuchó entremezcladas entre otras la palabra ferropénica, que luego tuvo que ir a buscar al diccionario de la Real Academia. La lectura continuaba, Gabriela jura que el silencio de ella y los demás dolía. Después vino eso de Ana y los treinta y ocho lobos. Los lobos, el dolor, partida, la cerveza, los ojos marrones de Ana que la miraban a veces como si ella, Gabriela, fuera de cristal transparente, y en realidad se fijaran en la pared de atrás, amarillenta, como se le ocurría que eran algunos libros a los cuales se lee así, mirando la pared que hay detrás de las letras.
Y entonces, transcurridos los minutos inescrutables en que Ana continuaba leyendo, Gabriela supo que el final se acercaba. El final del cuento, pensó. Y en el final del cuento la memoria desaparecía, la memoria de todo, de la historia, del bosque de chopos raleados, del dolor que partía y era reemplazado por una borrachera. Gabriela sabía que en ese preciso instante Ana tendría que nombrar a Silvia. Pero Ana dijo Andrea. Gabriela supo entonces y para siempre que Silvia no existe.
La semana siguiente el taller se reunió nuevamente. Gabriela había ya decidido que era la última vez que asistiría, no solamente Silvia no existía sino que Ana le seguía causando la misma inquietud a ella a Gabriela, que nunca miente y todo recuerda.
De “Países y mujeres”:
Introducción
“Youth is wasted on the young” Atribuido a George Bernard Shaw
Esto que narro se que es verdad porqué me lo contó Gabriela que nunca miente y todo recuerda. Gabriela conoció a Ana en un taller semitrasnochado de aprender a escribir literatura y esas cosas. Desde el primer instante le produjo inquietud. Esa inquietud que producen las personas que tienen un aspecto común pero que uno siempre sabe que hay detrás de ellas historias, complicaciones inexplicables. Ana era joven de pelo castaño hasta los hombros, una típica mujer española moderna, delgada, vestida con elegancia sencilla, de altura mediana para su generación. Su voz era agradable y cuando leía se le entendía perfectamente lo que decía, aunque no tanto que quería decir. Sexóloga y psicóloga de profesión. Me cuenta Gabriela, que siendo ella de Paraná, casi de Buenos Aires diría yo, está siempre interesada en la psicología y el sexo, o mejor dicho en el sexo y la psicología, que una vez, a la salida del taller le preguntó a Ana, con temor y un poco de vergüenza como era eso de ser sexóloga, a lo cual Ana le contestó otra cosa, le dijo que el sexo para una sexóloga era como para un cantinero tomar cerveza. Servir la cerveza es una cosa, beberla es otra.
Todo transcurrió así por unos dos años, Gabriela ya casi estaba acostumbrada a Ana, la inquietud se despertaba en cuanto la veía llegar, siempre un tanto tarde a las reuniones, pero se apagaba, necesidades de convivir diría uno.
Esto hasta que Ana ese día leyó ese relato: “Silvia no existe”. El jueves anterior ambas se habían quedado hasta las cuatro de la mañana con el grupo, obsesionado en emborracharse, quizás porque todos habían leído Los Detectives Salvajes de Bolaño, o quizás porque les gustaba emborracharse, como va a saber uno porqué. Nada en el comportamiento de Ana ese jueves de resaca anticipada anunciaba el relato. Nada. Comenzaba: “Cruzaba el bosque, por así llamar esos cuantos chopos raleados, partida de dolor……”. Gabriela cuenta que un frío oscuro la recorrió, vio a Ana, sumida en la lectura que no la miraba, la voz era la de siempre, no reflejaba cambios. Pero lo que decía venía de otro lado. Escuchó entremezcladas entre otras la palabra ferropénica, que luego tuvo que ir a buscar al diccionario de la Real Academia. La lectura continuaba, Gabriela jura que el silencio de ella y los demás dolía. Después vino eso de Ana y los treinta y ocho lobos. Los lobos, el dolor, partida, la cerveza, los ojos marrones de Ana que la miraban a veces como si ella, Gabriela, fuera de cristal transparente, y en realidad se fijaran en la pared de atrás, amarillenta, como se le ocurría que eran algunos libros a los cuales se lee así, mirando la pared que hay detrás de las letras.
Y entonces, transcurridos los minutos inescrutables en que Ana continuaba leyendo, Gabriela supo que el final se acercaba. El final del cuento, pensó. Y en el final del cuento la memoria desaparecía, la memoria de todo, de la historia, del bosque de chopos raleados, del dolor que partía y era reemplazado por una borrachera. Gabriela sabía que en ese preciso instante Ana tendría que nombrar a Silvia. Pero Ana dijo Andrea. Gabriela supo entonces y para siempre que Silvia no existe.
La semana siguiente el taller se reunió nuevamente. Gabriela había ya decidido que era la última vez que asistiría, no solamente Silvia no existía sino que Ana le seguía causando la misma inquietud a ella a Gabriela, que nunca miente y todo recuerda.
La precisión y el azar
Eduardo Waisman, Madrid 13 de Febrero de 2008
Se levantó a la misma hora de siempre. Sentía inquietud, una ansiedad brumosa. Tenía algo que ver con el sueño de esa noche. Un signo, el tren… Sus sentidos estaban atenazados por esas vaguedades. El tren era el mismo de siempre, el de los martes y los jueves, el que había tomado salvo en vacaciones por 22 años, 3 meses y dos semanas. El horario decía las 7.23. En realidad, pensó, más bien las 7.28 con una desviación estándar de 4 minutos. De su casa a la estación debía caminar 1250 metros. Un trayecto de 15 a 16 minutos dependiendo de las luces peatonales. Miró el reloj de la cocina: eran las 6.04. Más que tiempo suficiente, se dijo, sintiendo que la angustia negaba el razonamiento. Veinte minutos para preparar y tomar el desayuno, 15 para leer el diario mientras regularmente se ocupaba de sus intestinos, 15 para ducharse y vestirse. Con el abrigo ya puesto miró nuevamente hacia la pared. El horror le arrancó un grito quedo, otra vez las 6.04. Miró su reloj pulsera, no entendió lo que veía, miró afuera, aún era de noche. Decidió salir. Bajó las escaleras mal iluminadas de a dos en dos. Escuchaba su respiración cada vez más rápida. Comenzó a correr por la acera izquierda, la de siempre, levemente irreconocible, ningún otro transeúnte en su dirección o la contraria. Se cayó, la rodilla le sangraba. Se levantó, la calle se alargaba y se estrechaba, a sus lados las vidrieras oscuras de tiendas cerradas. El ritmo de pulsaciones cardíacas, calculó, tenía que ser 150 por minuto. Cruzó la intersección sin reconocer donde estaba. Sintió el sudor rodando por la espalda. Ninguna manera de saber cuanto faltaba, nadie para preguntar, y ese dolor en el costado para recordarle años de vida sedentaria. Resbaló, dando tumbos se encontró en la calzada, levantó la vista, antes de ver los faros del camión ya inevitable recordó con toda lucidez el signo en el sueño: X, hoy era miércoles. Tuvo todavía un instante para sentir la satisfacción de haber seguido el consejo de su madre: “siempre lleva las bragas limpias, nunca se sabe”.
Se levantó a la misma hora de siempre. Sentía inquietud, una ansiedad brumosa. Tenía algo que ver con el sueño de esa noche. Un signo, el tren… Sus sentidos estaban atenazados por esas vaguedades. El tren era el mismo de siempre, el de los martes y los jueves, el que había tomado salvo en vacaciones por 22 años, 3 meses y dos semanas. El horario decía las 7.23. En realidad, pensó, más bien las 7.28 con una desviación estándar de 4 minutos. De su casa a la estación debía caminar 1250 metros. Un trayecto de 15 a 16 minutos dependiendo de las luces peatonales. Miró el reloj de la cocina: eran las 6.04. Más que tiempo suficiente, se dijo, sintiendo que la angustia negaba el razonamiento. Veinte minutos para preparar y tomar el desayuno, 15 para leer el diario mientras regularmente se ocupaba de sus intestinos, 15 para ducharse y vestirse. Con el abrigo ya puesto miró nuevamente hacia la pared. El horror le arrancó un grito quedo, otra vez las 6.04. Miró su reloj pulsera, no entendió lo que veía, miró afuera, aún era de noche. Decidió salir. Bajó las escaleras mal iluminadas de a dos en dos. Escuchaba su respiración cada vez más rápida. Comenzó a correr por la acera izquierda, la de siempre, levemente irreconocible, ningún otro transeúnte en su dirección o la contraria. Se cayó, la rodilla le sangraba. Se levantó, la calle se alargaba y se estrechaba, a sus lados las vidrieras oscuras de tiendas cerradas. El ritmo de pulsaciones cardíacas, calculó, tenía que ser 150 por minuto. Cruzó la intersección sin reconocer donde estaba. Sintió el sudor rodando por la espalda. Ninguna manera de saber cuanto faltaba, nadie para preguntar, y ese dolor en el costado para recordarle años de vida sedentaria. Resbaló, dando tumbos se encontró en la calzada, levantó la vista, antes de ver los faros del camión ya inevitable recordó con toda lucidez el signo en el sueño: X, hoy era miércoles. Tuvo todavía un instante para sentir la satisfacción de haber seguido el consejo de su madre: “siempre lleva las bragas limpias, nunca se sabe”.
de Madrid
Eduardo Waisman, 13 de Diciembre de 2006
Melancolía
Sonrisa triste
Una canción susurrada
Tango lejano
Sombra de mujer
Pasa una mujer
Sueño de amor en Madrid
Perfume perdido
Lluvia
Lluvia que limpia
Mujeres con paraguas
Ciudad íntima
Sol de Invierno
Frío de sombras
Atisbo la luz tibia
Sol derramado
Agresiones
Mierda de perro
Sucias calles estrechas
Cielo de plomo
Rumores
Ríos de gente
Vitalidad suprema
Ruedan palabras
Error del Idioma
Muerte abstracta
Una rara imprecisión
Insuficiente
Melancolía
Sonrisa triste
Una canción susurrada
Tango lejano
Sombra de mujer
Pasa una mujer
Sueño de amor en Madrid
Perfume perdido
Lluvia
Lluvia que limpia
Mujeres con paraguas
Ciudad íntima
Sol de Invierno
Frío de sombras
Atisbo la luz tibia
Sol derramado
Agresiones
Mierda de perro
Sucias calles estrechas
Cielo de plomo
Rumores
Ríos de gente
Vitalidad suprema
Ruedan palabras
Error del Idioma
Muerte abstracta
Una rara imprecisión
Insuficiente
Sin amor
Eduardo Waisman, Madrid 23 de Octubre de 2006
Una mañana, así de repente
sin arrepentimiento
el Mundo se quedó sin amor
seco e inmutable en un susurro sin lamentos
Las iglesias se transformaron en museos
Los matrimonios aun más que nunca en contratos civiles
y el famoso e inevitable sexo en meditados ejercicios genéticos
con indudables ventajas aeróbicas
Las ciudades y los campos
fueron desde entonces juzgados por lo que eran
Los hijos fueron cuidados por una nueva ley
que castigaba sin apelación el abandono del futuro
por que el devenir no debía ser abolido
Hombres y mujeres ya solos desde siempre
solos frente a su vida y a su muerte
dejaron de fingir momentos de encuentro
La idea del alma se esfumó de canciones y poemas
estos últimos reteniendo nada mas que métrica y estilo
Desaparecieron el odio, la guerra y las canciones
La traición se volvió útil y vacía
El Mundo continuó girando por algunos miles de millones de años
ya que su rotación nunca dependió de ese extraño sentimiento
y tú y yo
y yo y tú
seguimos muriendo aun con menos sentido que antes
Una mañana, así de repente
sin arrepentimiento
el Mundo se quedó sin amor
seco e inmutable en un susurro sin lamentos
Las iglesias se transformaron en museos
Los matrimonios aun más que nunca en contratos civiles
y el famoso e inevitable sexo en meditados ejercicios genéticos
con indudables ventajas aeróbicas
Las ciudades y los campos
fueron desde entonces juzgados por lo que eran
Los hijos fueron cuidados por una nueva ley
que castigaba sin apelación el abandono del futuro
por que el devenir no debía ser abolido
Hombres y mujeres ya solos desde siempre
solos frente a su vida y a su muerte
dejaron de fingir momentos de encuentro
La idea del alma se esfumó de canciones y poemas
estos últimos reteniendo nada mas que métrica y estilo
Desaparecieron el odio, la guerra y las canciones
La traición se volvió útil y vacía
El Mundo continuó girando por algunos miles de millones de años
ya que su rotación nunca dependió de ese extraño sentimiento
y tú y yo
y yo y tú
seguimos muriendo aun con menos sentido que antes
Encuentro
EW. Madrid 2 de abril de 2008
Me gustaste desde siempre
por eso la harmonía al conocerte
Reconozco tu ausencia desde antes
no por haberte ido
sino por no haber estado
Una pulsación discernible
son tus ojos al chocar con los míos
No veo el color
sí la intención difractada
rebotada
difundida en no hacer cosa más
que registrarla
guardarla para obtener derecho a la melancolía
Girás la cabeza
La sombra de mi deseo antiguo
y cansado
desciende una vez más
y se dispersa
Si te dijera algo ahora
sería de vuelta yo
ya sin remedio
Me gustaste desde siempre
por eso la harmonía al conocerte
Reconozco tu ausencia desde antes
no por haberte ido
sino por no haber estado
Una pulsación discernible
son tus ojos al chocar con los míos
No veo el color
sí la intención difractada
rebotada
difundida en no hacer cosa más
que registrarla
guardarla para obtener derecho a la melancolía
Girás la cabeza
La sombra de mi deseo antiguo
y cansado
desciende una vez más
y se dispersa
Si te dijera algo ahora
sería de vuelta yo
ya sin remedio
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