martes, 29 de abril de 2008

Silvia no existe

Eduardo Waisman. Madrid, 20 de Febrero de 2008.
De “Países y mujeres”:
Introducción
“Youth is wasted on the young” Atribuido a George Bernard Shaw
Esto que narro se que es verdad porqué me lo contó Gabriela que nunca miente y todo recuerda. Gabriela conoció a Ana en un taller semitrasnochado de aprender a escribir literatura y esas cosas. Desde el primer instante le produjo inquietud. Esa inquietud que producen las personas que tienen un aspecto común pero que uno siempre sabe que hay detrás de ellas historias, complicaciones inexplicables. Ana era joven de pelo castaño hasta los hombros, una típica mujer española moderna, delgada, vestida con elegancia sencilla, de altura mediana para su generación. Su voz era agradable y cuando leía se le entendía perfectamente lo que decía, aunque no tanto que quería decir. Sexóloga y psicóloga de profesión. Me cuenta Gabriela, que siendo ella de Paraná, casi de Buenos Aires diría yo, está siempre interesada en la psicología y el sexo, o mejor dicho en el sexo y la psicología, que una vez, a la salida del taller le preguntó a Ana, con temor y un poco de vergüenza como era eso de ser sexóloga, a lo cual Ana le contestó otra cosa, le dijo que el sexo para una sexóloga era como para un cantinero tomar cerveza. Servir la cerveza es una cosa, beberla es otra.
Todo transcurrió así por unos dos años, Gabriela ya casi estaba acostumbrada a Ana, la inquietud se despertaba en cuanto la veía llegar, siempre un tanto tarde a las reuniones, pero se apagaba, necesidades de convivir diría uno.
Esto hasta que Ana ese día leyó ese relato: “Silvia no existe”. El jueves anterior ambas se habían quedado hasta las cuatro de la mañana con el grupo, obsesionado en emborracharse, quizás porque todos habían leído Los Detectives Salvajes de Bolaño, o quizás porque les gustaba emborracharse, como va a saber uno porqué. Nada en el comportamiento de Ana ese jueves de resaca anticipada anunciaba el relato. Nada. Comenzaba: “Cruzaba el bosque, por así llamar esos cuantos chopos raleados, partida de dolor……”. Gabriela cuenta que un frío oscuro la recorrió, vio a Ana, sumida en la lectura que no la miraba, la voz era la de siempre, no reflejaba cambios. Pero lo que decía venía de otro lado. Escuchó entremezcladas entre otras la palabra ferropénica, que luego tuvo que ir a buscar al diccionario de la Real Academia. La lectura continuaba, Gabriela jura que el silencio de ella y los demás dolía. Después vino eso de Ana y los treinta y ocho lobos. Los lobos, el dolor, partida, la cerveza, los ojos marrones de Ana que la miraban a veces como si ella, Gabriela, fuera de cristal transparente, y en realidad se fijaran en la pared de atrás, amarillenta, como se le ocurría que eran algunos libros a los cuales se lee así, mirando la pared que hay detrás de las letras.
Y entonces, transcurridos los minutos inescrutables en que Ana continuaba leyendo, Gabriela supo que el final se acercaba. El final del cuento, pensó. Y en el final del cuento la memoria desaparecía, la memoria de todo, de la historia, del bosque de chopos raleados, del dolor que partía y era reemplazado por una borrachera. Gabriela sabía que en ese preciso instante Ana tendría que nombrar a Silvia. Pero Ana dijo Andrea. Gabriela supo entonces y para siempre que Silvia no existe.
La semana siguiente el taller se reunió nuevamente. Gabriela había ya decidido que era la última vez que asistiría, no solamente Silvia no existía sino que Ana le seguía causando la misma inquietud a ella a Gabriela, que nunca miente y todo recuerda.

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